“El tiempo libre es patrimonio de toda la familia y, por tanto, utilizado para unirla, para que profundice en su interrelación, para fortalecer los vínculos de amor entre todos sus miembros. El fomento de las actividades en las que participe toda la familia es uno de los objetivos preferentes”
Así dice una de las conclusiones del 12º congreso de la familia, celebrado en Londres en el año 1993 organizado por IDF (International Family Foundation).
El verano se nos presenta como un parón, una época de descanso para recargar las pilas, para volver con los ánimos renovados a reemprender las tareas profesionales del día a día. No es un tiempo excesivo, pero si suficiente para desconectar y poder disfrutar en familia de actividades que se nos hacen complicadas a lo largo del año.
Pienso que, además de lo anteriormente expuesto, ese tiempo vacacional es una oportunidad óptima para profundizar y ahondar en las relaciones familiares, que el ajetreado día a día no nos lo permite.
Así tendremos más tiempo para ver como andan los diversos mundos de nuestros hijos, sus aspiraciones, sus planes de futuro más recientes y novedosos; estoy seguro que descubriremos un mundo sorprendente.
Muchos padres aprovechan el periodo estival para llenar de nuevas e interesantes actividades a los hijos, y también para participar ellos mismos en múltiples deportes y salidas al aire libre.
Déjenme decir, sin embargo, que existe un planteamiento distinto del descanso estival, y es la posibilidad de cambiar el verbo “hacer” por el “estar”. Se trata entonces de hacer todo aquello que nos permita estar con nuestra familia, siendo ésta el foco de atención, y no llenar el día del mayor número de actividades, ni tan siquiera, escoger aquello que más nos pudiera apetecer. Es decir, buscar aquellos recursos que nos permitan gozar de la presencia de la familia, en el modo y manera que creamos oportuno, pero que al fin y al cabo lleven a que los lazos que unen a los miembros del núcleo familiar se vean, no solo frecuentados, sino estimulados y reforzados.
Podría ocurrir que el absentismo de algunos padres durante el año por causas de exceso de trabajo, se prolongara durante el verano por falta de compartir el tiempo libre o bien por un desmesurado tesón en desconectar absolutamente de todo y de todos debido al agotamiento que llevamos acumulado.
Una gran dosis de imaginación se hace necesaria para no agravar durante el verano aquello que ha mermado las relaciones familiares durante el resto del año.
El estar conlleva no solo organizar eventos o actividades, sino una implicación con la familia, principalmente un saber escuchar, para después poder aportar aquello que los demás esperan de nuestro rol de padre o madre.
Es el momento de la calidad de la relación familiar, donde nuestro interlocutor, pareja, hijos, etc, se siente atendido y valorado en su justa medida.
Pensemos por un momento en nuestro ámbito empresarial, en nuestros clientes y en las percepciones subjetivas que ellos tienen de nuestro trato. Ellos valoraran la calidad del trato no por lo “que” hacemos, sino por el “como” lo hacemos. Por tanto, pensemos que no es tan importante la cantidad de cosas, lugares y/o actividades realizadas, sino la percepción de que los que nos rodean reciben nuestro mejor trato, afecto y dedicación. Al igual que nuestros clientes mejoraran la visión de calidad si se sienten tratados con exclusividad y en nuestro trato hay algo que les hacen sentirse únicos en ese tiempo y trato profesional, y lo valoraran más que el mayor o menor beneficio de nuestro negocio con ellos mismos.
Nuestra familia es el mejor negocio que tenemos entre manos, y el descanso veraniego una oportunidad de desarrollar unos hábitos que nos lleven a incrementar la calidad de los espacios de interrelación familiar. No debe ser, por tanto, un improvisado descanso, un ir sobre la marcha con la única preocupación de llenar el día propio y el de los demás componentes de la familia. Debe ser algo laborado, pensando en la mejora de la calidad familiar, en todos y cada unos de los aspectos relacionados que existen.
Cabe el peligro de que este verano sea uno más, una oportunidad perdida, que como mal menor no haya añadido nada a nuestra familia o, a lo sumo, una pobre sucesión de vanos recuerdos que apenas perduren en el tiempo...
Que fantástico sería poder decir al final de verano: “¡Qué bien lo hemos pasado!”, pero aun sería mejor poder decir: “¡Qué bien hemos estado juntos!”